El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Marchiali. Asà aúllan los locos —respondió el gobernador dirigiendo una mirada más henchida de alusiones ofensivas que de respeto al superintendente.
Éste se estremeció, pues en un grito todavÃa más terrible que los anteriores acababa de conocer la voz del rey.
Fouquet se detuvo en el descenso de la escalera, y tomó el manojo de llaves de manos de Baisemeaux, que, figurándose que el nuevo loco iba a estrellarse el cráneo con una de ellas, exclamó:
—¡Ah! el señor de Herblay no me ha hablado de eso.
—¡Vengan las llaves! —prorrumpió Fouquet arrancándoselas—. ¿Dónde está la puerta que quiero abrir?
—Es ésta.
Un grito horrendo seguido de un terrible trancazo contra la puerta, despertó los ecos de la escalera.
—¡Retiraros! —dijo con voz amenazante Fouquet a Baisemeaux.
—Con mil amores —murmuró el gobernador.
—¡Retiraros! —repitió Fouquet—. Y si antes que os llame sentáis la planta en esta escalera, yo os aseguro que vais a ocupar el sitio del preso más infeliz de la Bastilla.
—De esta no escapo —masculló el gobernador retirándose con paso vacilante.