El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Los gritos del preso resonaban cada vez con más fuerza.
Fouquet, en cuanto se hubo cerciorado de que Baisemeaux habÃa llegado al pie de la escalera, introdujo la llave en la primera cerradura.
—¡Socorro!, ¡soy el rey!, ¡socorro! —gritó entonces Luis XIV con acento de rabia.
Como la llave de la segunda puerta no era la misma que la de la primera, Fouquet se vio obligado a probar algunas de las del manojo, mientras el rey, enardecido, loco, furioso, gritaba con todas sus fuerzas:
—¡El señor Fouquet es quien me ha hecho traer aquÃ!, ¡socorro contra el señor Fouquet!, ¡soy el rey!, ¡favor al rey contra el señor Fouquet!
Estas vociferaciones partÃan del corazón del ministro, e iban seguidas de golpes espantosos descargados contra la puerta con la silla, de la que Luis se servÃa como de un ariete.
Fouquet dio por fin con la llave.
El rey, ya no articulaba, sino rugÃa, aullaba estas palabras:
—¡Muera Fouquet!, ¡muera el asesino Fouquet!
Entonces se abrió la puerta.