El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Fouquet y el rey iban a abalanzarse uno contra otro pero al verse se detuvieron y lanzaron un grito de horror.
—¿VenÃs a asesinarme? —exclamó el rey al conocer al superintendente.
—¡El rey en semejante estado! —exclamó el ministro. Efectivamente, nada más espantoso que el aspecto del joven prÃncipe en el momento en que entró Fouquet. Su traje estaba hecho jirones, y su camisa, desabrochada y reducida a pedazos, estaba empapada del sudor y la sangre que le inundaba el pecho y los desgarrados brazos.
Fosco, pálido, frenético, con los cabellos erizados, Luis XIV era la imagen viviente de la desesperación, del hambre y del miedo reunidos en una sola estatua; y tanto se conmovió y turbó el ministro al verle, que se acercó a él desolado, con los brazos abiertos y las lágrimas en los ojos.
Luis blandió sobre la cabeza de Fouquet el palo de la silla del cual hiciera tan enfurecido uso.
—¡Qué! —dijo con voz trémula el ministro—. ¿No conocéis ya al más fiel de vuestros amigos?
—¿Vos, vos amigo mÃo? —replicó el rey con rechinar de dientes en que resonaron el odio y la sed de inmediata venganza.
—Un servidor respetuoso —añadió Fouquet cayendo de hinojos.
