El hombre de la máscara de hierro

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El rey tiró su arma, y el ministro se acercó a él, le besó las rodillas, le tomó cariñosamente en brazos y dijo:

—¡Oh rey!, ¡oh hijo mío!, ¡cuánto debéis haber padecido!

Luis, recobrado por el cambio de la situación, miróse a sí mismo, y, avergonzado del desorden de sus ropas, corrido de su locura, abochornado de la protección de que era objeto, retrocedió.

Fouquet no comprendió aquel movimiento, ni que el rey, en su orgullo, nunca le perdonaría el que hubiese sido testigo de tanta debilidad.

—Venid, Sire, estáis libre —dijo el superintendente.

—¿Libre? —repuso el rey—. ¡Ah!, ¿me devolvéis la libertad después de haber osado poner sobre mí vuestra mano?

—Sire —repuso Fouquet indignado, vos no decís lo que sentís; vos no creéis que en esta circunstancia sea yo culpable.

Y sucinta y calurosamente el ministro contó al monarca toda la intriga de que el lector ya conoce los detalles.


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