El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Durante el relato, Luis sufrió las más horribles angustias, y, una vez Fouquet hubo terminado, la magnitud del peligro que habÃa corrido le conmovió todavÃa más que la importancia del secreto relativo a su hermano gemelo.
—Señor Fouquet —dijo el rey—, eso del parto doble es una mentira, y no puede ser que hayáis sido vÃctima de semejante impostura.
—¡Sire!
—Digo que no puede ser que se sospeche de la honra y de la virtud de mi madre. ¿Y vos, mi primer ministro, no habéis castigado ya a los criminales?
—No os ofusquéis, Sire —repuso Fouquet—. Reflexionadlo bien; el nacimiento de vuestro hermano…
—No tengo más que uno, el duque de Orleans, a quien conocéis como a mà mismo. Os digo que hay conspiración, empezando por el gobernador de la Bastilla.
—Sire, Sire, el gobernador de la Bastilla ha sido engañado como todo el mundo, por el parecido del prÃncipe.
—¿El parecido? ¡Queréis callaros!
—Con todo eso es menester que Marchiali se parezca grandemente a Vuestra Majestad para que todos se engañen —repuso Fouquet.
—¡Locura!