El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No digáis eso; Sire; el hombre que se muestra dispuesto a arrojar la mirada de vuestros ministros, de vuestra madre, de vuestra servidumbre, de vuestra familia, debe estar muy seguro del parecido.

—En efecto —exclamó el rey—. Y ese hombre ¿dónde está?

—¿Dónde sino en Vaux?

—¡En Vaux! ¿Y vos consentís que permanezca en Vaux un hombre tal?

—Sire, he creído que lo más apremiante era librar a Vuestra Majestad. Cumplido este deber, haré lo que el rey me ordene.

—Concentremos tropas en París —dijo el monarca, después de unos instantes de reflexión.

—Ya están dadas las órdenes al efecto —contestó Fouquet.

—¿Las habéis dado vos? —exclamó el rey.

—Para esto sí, Sire. Antes de una hora Vuestra Majestad estará al frente de diez mil hombres.

Por toda respuesta, el rey tomó con tal efusión la mano del superintendente que se veía cuánta desconfianza había conservado hasta entonces hacia el primer ministro, a pesar de la intervención de éste.

—Y con los diez mil hombres —prosiguió el rey—, ¿vamos a sitiar, en vuestra casa, a los rebeldes, que a estas horas deben haber ya tomado posesión de ella y tal vez atrincherándose en ella?


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