El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Me admira de que tal sucediese.
—¿Por qué?
—Porque he desenmascarado a su jefe, el alma de la empresa, y a mi ver ha abortado el plan.
—¿Vos habéis desenmascarado al supuesto prÃncipe?
—No, Sire, ni siquiera lo he visto.
—¿A quien, pues, habéis desenmascarado?
—El jefe de la empresa no es el desventurado usurpador; éste sólo es un instrumento destinado por toda su vida al infortunio, lo conozco.
—¡Sin remisión!
—Es el padre Herblay, obispo de Vannes.
—¿Vuestro amigo?
—Lo fue, Sire —replicó con nobleza el superintendente.
—Es una desgracia para vos —dijo el rey con menos generosidad.
—Mientras estuve ignorante del crimen, Sire, tal amistad nada tenÃa de deshonrosa.
—Era menester preverlo.
—Si soy culpable, Sire, me pongo en las manos de Vuestra Majestad.