El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Creo que tardaré mucho tiempo en volver, Raúl. Nuestra última estancia en ParÃs no me alienta a volver.
Raúl bajó la cabeza y no habló más.
Athos se bajó de la carroza y montó el caballo de Porthos.
Después de mil abrazos y apretones de manos, y de reiteradas protestas de amistad imperecedera, y de haber Porthos prometido pasar un mes en casa de Athos tan pronto se lo permitieran sus ocupaciones, y D’Artagnan ofrecido aprovechar su primera licencia, este último abrazó a Raúl por la postrera vez, y le dijo:
—Hijo mÃo, te escribiré.
¡Qué no significaban estas palabras de D’Artagnan, que nunca escribÃa! A ellas, el vizconde se sintió enternecido, y, no pudiendo refrenar las lágrimas, se soltó de las manos del mosquetero y partió.
D’Artagnan, subió a su carroza, en la cual ya se habÃa instalado Porthos.
—¡Qué dÃa, mi buen amigo! —exclamó el gascón.
—Ya podéis decirlo —replicó Porthos.
—Debéis estar quebrantado.
—No mucho. Sin embargo, me acostaré temprano, a fin de estar mañana en buenas disposición.
—¿Para qué?
—Para dar fin a lo que he empezado.