El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Ya se habría encargado Raúl de enviármelo o llevármelo al volver a mi casa, si es que a ella vuelve.

—Si ya no lo detiene en París asunto alguno, hará bien en acompañarnos, Athos —dijo D’Artagnan acompañando sus palabras de una mirada firme y cortante como una cuchilla y dolorosa como ella, pues volvió a abrir las heridas del desventurado joven.

—Nada me detiene en París —repuso Bragelonne.

—Pues partamos —exclamó Athos inmediatamente.

—¿Y el señor de D’Artagnan?

—Sólo acompañaba a Athos hasta aquí; me vuelvo a París con Porthos.

—Corriente —dijo éste.

—Acercaos, hijo mío —añadió el conde ciñendo suavemente con su brazo el cuello de Raúl para atraerlo a la carroza, y dándole un nuevo beso. Y volviéndose hacia Grimaud, prosiguió—: Oye, te vuelves a París con tu caballo y el del señor de Vallón; Raúl y yo subimos a caballo aquí, y dejamos la carroza a esos dos caballeros para que tornen a la ciudad. Una vez en mi casa, reúne mis ropas y mis cartas, y envíamelas a Blois.

—Señor conde —dijo Raúl, que ardía en deseos de hacer hablar a su padre—. Ved que si volvéis a París no hallaréis en vuestra casa ropa blanca ni cuanto es necesario, y eso os será por demás incómodo.


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