El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Y los dos abrazaron a Porthos y a Bragelonne, que se habÃan apoderado de ellos.
—¡Mi buen Porthos!, ¡mi excelente amigo! —exclamó el conde de La Fere—. ¡Siempre el mismo!
—TodavÃa tiene veinte años —dijo D’Artagnan—. ¡Bravo, Porthos!
—¡Diantre! —repuso el barón un tanto cortado—. Hemos creÃdo que os habÃan preso.
—Ya lo veis —replicó Athos—. Todo se reducÃa a un paseo en la carroza del señor de D’Artagnan.
—Os seguimos desde la Bastilla —replicó el vizconde con voz de duda y de reconvención.
—Adonde hemos ido a cenar con el buen Baisemeaux —dijo el mosquetero.
—Allà hemos visto a Aramis.
—¿En la Bastilla?
—Ha cenado con nosotros.
—¡Ah! —exclamó Porthos respirando.
—Y nos ha dado mil curiosos recuerdos para vos.
—Gracias.
—¿Adónde va el señor conde? —preguntó Grimaud, as quien su amo recompensara ya con una sonrisa.
—A Blois, a mi casa.
—¿Asà en derechura?
—Desde luego.
—¿Sin equipaje?