El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Poco después los jinetes dieron alcance a la carroza. D’Artagnan, que siempre tenía despiertos los sentidos, oyó el trote de los corceles en el momento en que Raúl decía a Porthos que se adelantasen a la carroza para ver quién era la persona a la cual acompañaba D’Artagnan.

Porthos obedeció, pero como las cortinillas estaban corridas, nada pudo ver.

La rabia y la impaciencia dominaban a Bragelonne, que al notar el misterio de que se rodeaban los compañeros de Athos, resolvió atropellar por todo.

D’Artagnan por su parte, conoció a Porthos y a Raúl, y comunicó a Athos el resultado de su observación.

Athos y D’Artagnan se proponían ver si Raúl y Porthos llevarían las cosas al último extremo.

Y así fue. Bragelonne empuñó una pistola, se abalanzó al primer caballo de la carroza, e intimó al cochero que parase, Porthos dio un golpe y lo quitó de su sitio, y Grimaud se asió a la portezuela.

—¡Señor conde!, ¡señor conde! —exclamó Bragelonne abriendo los brazos.

—¿Sois vos, Raúl? —dijo Athos ebrio de alegría.

—¡No está mal! —repuso D’Artagnan echándose a reír.


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