El hombre de la máscara de hierro

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Fue lo mejor, pues apenas transcurridos veinte minutos, volvieron a abrir la puerta y apareció de nuevo la carroza. ¿Quiénes iban en ella? Raúl no pudo verlo por habérselo privado un deslumbramiento, pero Grimaud afirmó haber visto a dos personas, una de las cuales era su amo.

Porthos miró a Bragelonne y al lacayo para adivinar qué pensaban.

—Es cierto —dijo Grimaud—, que si el señor conde está en la carroza, es porque lo han puesto en libertad, o lo trasladan a otra prisión.

—El camino que emprenden nos lo dirá —repuso Porthos.

—Si lo han puesto en libertad —continuó Grimaud— lo conducirán a su casa.

—Es verdad —dijo el gigante.

—Pues la carroza no toma tal dirección —exclamó el vizconde. En efecto, los caballos acababan de internarse en el arrabal de San Antonio.

—Corramos —dijo Porthos—. Ataquemos la carroza una vez en la carretera, y digamos a Athos que se ponga a salvo.

—A eso llaman rebelión, —murmuró el vizconde.

Porthos lanzó a su joven amigo una segunda mirada digna hermana de la primera, a la cual respondió el vizconde arreando a su cabalgadura.


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