El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Los tres llegaron ante la fortaleza a tiempo que Grimaud pudo divisar cómo doblaba la gran puerta del puente levadizo la carroza que conducía a D’Artagnan de regreso de palacio.

En vano Raúl espoleó su cabalgadura para alcanzar la carroza y ver quién iba dentro. Aquélla ya se había detenido allende la puerta grande, que volvió a cerrarse, mientras un guardia francés de centinela daba con el mosquete en el hocico del caballo del vizconde, el cual volvió grupas, satisfecho de saber a qué atenerse respecto de la presencia de aquella carroza que encerrara a su padre.

—Ya lo hemos atrapado —dijo Grimaud.

—Como estamos seguros de que va a salir, aguardemos, ¿no es verdad, señor de Vallón? —dijo Bragelonne.

—A no ser también que D’Artagnan esté preso —replicó Porthos—, en cuyo caso todo está perdido.

Raúl, que conoció que todo era admisible, nada respondió a las palabras de Porthos; lo único que hizo fue encargar a Grimaud que, para no dar sospechas condujese los caballos a la callejuela de Juan Beausire, mientras él con su penetrante mirada atisbaba la salida de D’Artagnan o de la Carroza.


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