El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Sabéis que han arrestado al conde por orden del rey? —dijo el vizconde acercándose a su amigo.

Porthos miró a Bragelonne como diciéndole: «¿Y a mí qué?». Mudo lenguaje que le pareció tan elocuente a Raúl, que volvió a subirse a caballo, mientras el coloso hacía lo mismo con ayuda de Grimaud.

—Tracemos un plan —dijo el vizconde.

—Esto es —repuso Porthos—, tracemos un plan. —Y al ver que Raúl lanzaba un suspiro y se detenía repentinamente, añadió—: ¡Qué!, ¿desmayáis?

—No, lo que me ataja es la impotencia. ¿Por ventura los tres podemos apoderarnos de la Bastilla?

—Sí D’Artagnan estuviese allí, no digo que no —repuso Porthos.

Raúl quedó mudo de admiración ante aquella confianza heroica de puro candorosa. ¿Conque en realidad vivían aquellos nombres célebres que en número de tres o cuatro embestían contra un ejército o atacaban una fortaleza?

—Acabáis de inspirarme una idea, señor de Vallón —dijo el vizconde—. Es necesario de toda necesidad que veamos al señor de D’Artagnan.

—Sin duda.

—Debe de haber conducido ya a mi padre a la Bastilla y, por consiguiente, estar de regreso en su casa.

—Primeramente informémonos en la Bastilla —dijo Grimaud, que hablaba poco, pero bien.


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