El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿A quién?
—A Saint-Aignán.
—¡Ay! no me refiero a Saint-Aignán.
—¿Qué más ocurre?
—Que en la hora es probable que el señor conde de La Fere esté arrestado.
—¡Arrestado!, ¿por qué? —exclamó Porthos haciendo un ademán capaz de derribar una pared.
—Por D’Artagnan.
—No puede ser —dijo el coloso.
—Sin embargo, es la pura verdad —replicó el vizconde.
Porthos se volvió hacia Grimaud como quien necesita una segunda afirmación, y vio que el fiel criado de Athos le hacÃa una señal con la cabeza.
—¿Y adónde lo han llevado? —preguntó Porthos.
—Probablemente la Bastilla.
—¿Qué os lo hace creer?
—Por el camino hemos interrogado a algunos transeúntes que han visto pasar la carroza, a otros que la han visto entrar en la Bastilla.
—¡Oh!, ¡oh! —repuso Porthos adelantándose dos pasos.
—¿Qué decÃs? —preguntó Raúl.
—¿Yo? nada: pero no quiero que Athos se quede en la Bastilla.