El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El digno Porthos, fiel a las leyes de la caballerÃa antigua, se decidió a aguardar a Saint-Aignán hasta la puesta del sol. Y como Saint-Aignán no debÃa comparecer y Raúl se habÃa olvidado de avisar a su padrino, y la centinela empezaba a ser más larga y penosa, Porthos se hizo servir por el guarda de una puerta algunas botellas de buen vino y carne, para tener a lo menos la distracción de hacer saltar de tiempo en tiempo un corcho y tirar un bocado. Y habÃa llegado a las últimas migajas, cuando Raúl y Grimaud llegaron a escape.
Al ver venir por el camino real a aquellos dos jinetes, Porthos creyó que eran Saint-Aignán y su padrino. Pero en vez de Saint-Aignán, sólo vio a Raúl, el cual se le acercó haciendo desesperados gestos y exclamando:
—¡Ah!, ¡mi querido amigo! perdonadme, ¡qué infeliz soy!
—¡Raúl! —dijo Porthos.
—¿Estáis enojado contra m� —repuso el vizconde abrazando a Porthos.
—¿Yo?, ¿por qué?
—Por haberos olvidado de ese modo. Pero ¡ay! tengo trastornado el juicio.
—¡Bah!
—¡Si supieseis, amigo mÃo!
—¿Lo habéis matado?
