El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Grimaud recordó la singular manera con que su amo le dijera adiós, la turbación, imperceptible para cualquiera otro, de aquel hombre de tan claro entendimiento y de voluntad tan inquebrantable. Grimaud sabÃa que Athos no se habÃa llevado más que la ropa puesta, y, sin embargo, le pareció que Athos no partÃa por una hora, ni por un dÃa.
—Comprendo el enigma —dijo Grimaud—. La muchacha ha hecho de las suyas. Lo que dicen de ella y del rey es verdad. Mi joven amo ha sido engañado. ¡Ah! ¡Dios mÃo! El señor conde ha ido a ver al rey y le ha dicho de una hasta ciento, y luego el rey ha enviado al señor de D’Artagnan para que arreglara el asunto… ¡el conde ha regresado sin espada!
Semejante descubrimiento hizo subir el sudor a la frente del honrado Grimaud; el cual, dejándose de más conjetura, se puso el sombrero y se fue volando a casa de Raúl.