El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Es verdad. Sin embargo, sed prudente. Aramis se sonrió.
—Os recomiendo a Porthos —repitió el conde con fría insistencia.
—Nuestro hermano Porthos seguirá mi suerte —repuso Aramis en el mismo tono.
Athos se inclinó y estrechó la mano de Aramis; luego se acercó al Porthos y le dio un efusivo abrazo.
—¿Verdad que nací con buena estrella? —repuso él, embozándose en su amplia capa.
—Venid, amigo mío —dijo Aramis.
Raúl se había anticipado para dar las órdenes del caso y hacer ensillar los dos caballos.
Ya el grupo se había dividido; ya Athos miraba a sus amigos a punto de partir, cuando algo así como una niebla pasó por delante de los ojos del conde y le cayó cual losa de plomo sobre el corazón.
—¡Es singular! —dijo entre sí Athos—. ¿De qué nace ese anhelo de abrazar nuevamente a Porthos?
Precisamente Vallón se había vuelto, y se acercaba con los brazos abiertos a su antiguo amigo.
Aquel último abrazo encerró tanta ternura como en la juventud, como en los tiempos en que el corazón latía con fuerza, como en los días en que la vida se presentaba color de rosa.