El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Deseo conservarlo a mi lado, monseñor. No tengo más que él en el mundo, y mientras se avenga a permanecer…
—Bien, bien —repuso el duque—. Sin embargo, yo lo hubiera reconciliado sin tardanza con el rey. Es de la madera de que se hacen los mariscales de Francia, y a más de uno de su fuste, he visto yo empuñar el bastón de mariscal.
—No digo que no, monseñor; pero como el rey es quien nombra a los mariscales de Francia, Raúl nunca aceptará cosa alguna de Su Majestad.
En esto entró Bragelonne precediendo al Grimaud, que traÃa en sus todavÃa seguras manos una salvilla con un vaso y una botella del vino predilecto del duque.
Beaufort, al ver a su antiguo protegido, exclamó con alegrÃa:
—Buenas noches, Grimaud, ¿qué tal va esa salud?
Grimaud, tan lleno de satisfacción como su noble interlocutor, hizo una profunda reverencia.
—¡Dos amigos! —exclamó el duque sacudiendo con robusta mano el hombro del honrado Grimaud, que hizo una reverencia más profunda que la primera.
—¡Cómo!, ¿un sólo vaso, conde? —repuso Beaufort.
—Sólo beberé con Vuestra Alteza si Vuestra Alteza se digna invitarme a que lo haga —contestó con noble humildad Athos.