El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Vive Dios! que habéis hecho bien en no haber hecho traer más que un vaso —replicó el duque—; así beberemos los dos en él como dos hermanos de armas. Vos primero, conde.

—Pues os dignáis hacerme tal favor, hacédmelo por entero —dijo Athos apartando con suavidad el vaso.

—Sois un grande amigo —repuso Beaufort, que bebió y entregó el vaso de oro a su compañero—, pero como todavía tengo sed, quiero honrar a ese garrido mozo que está ahí en pie. —Y volviéndose hacia Raúl, añadió—: La dicha va conmigo, vizconde; mientras bebáis en mi vaso, desead algo, y acabe conmigo la peste si no veis cumplido vuestro deseo.

El duque tendió el vaso al Bragelonne, que humedeció precipitadamente en el vino los labios y dijo con igual presteza:

—Deseo algo, monseñor.

A Raúl le brillaron con fuego sombrío los ojos, se le encendieron las mejillas, y se sonrió de modo que llenó de espanto al Athos.

—¿Qué deseáis? —preguntó Beaufort sentándose en el sillón, mientras con una mano entregaba la botella y una bolsa a Grimaud.

—¿Me prometéis acceder a mi deseo, monseñor?

—Desde luego, pues tal es lo pactado.

—Pues deseo acompañaros a Djidgeli, monseñor.


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