El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Athos se puso pálido y no pudo ocultar su turbación.
—Es difÃcil, muy difÃcil, mi querido vizconde —repuso el duque bajando la voz y después de haber mirado al su amigo como para ayudarle a parar aquel golpe imprevisto.
—Perdonad, monseñor, he sido indiscreto —repuso Bragelonne con voz firme—; pero como vos mismo me habéis invitado…
—¿A que me dejarais? —atajó el conde.
—Señor, ¿cómo podéis creer…?
—¡Qué caramba! —exclamó el duque—. El vizconde tiene razón. ¿Qué va a hacer aquà sino morirse de tristeza?
Raúl se sonrojó; pero el prÃncipe, enardecido, prosiguió:
—La guerra es destrucción, en ella se gana todo, y sólo se pierde una cosa, la vida, y entonces tanto peor.
—Es decir, la memoria —repuso Raúl con viveza—, es decir, tanto mejor.
Mas al ver que Athos se levantaba y abrÃa la ventana, el joven se arrepintió de las palabras que acababa de pronunciar.