El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El acto del conde sin duda escondía una emoción; Raúl se abalanzó a su padre, que ya había devorado su dolor, pues reapareció en el campo de luz de las bujías con el rostro sereno e impasible.

—¿En qué quedamos? —preguntó el duque—, ¿se viene o no se viene conmigo? Si se viene le nombro mi edecán, y os prometo mirarlo como a hijo, conde.

—¡Monseñor! —exclamó Raúl hincando una rodilla.

—Monseñor —repuso Athos asiendo la mano al duque—, Raúl hará lo que mejor le plazca.

—No, sino lo que os plazca a vos, señor —replicó el vizconde.

—Vaya, vaya —dijo Beaufort—, aquí no hay conde ni vizconde que valgan. Me llevo al Bragelonne. La marina le abre una carrera brillantísima, amigo mío.

Raúl entendió, y recobró su serenidad, y no volvió a proferir palabra.

Al ver lo avanzado de la hora, Beaufort se levantó y dijo apresuradamente:

—Tengo prisa; pero a quien me diga que he perdido el tiempo conversando con un amigo, le responderé que en cambio he hecho una buena adquisición.

—Con perdón, señor duque —repuso Bragelonne—, pero no digáis nada respecto de mí al rey, a quien no estoy dispuesto a servir.


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