El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿A quién, pues, vas a servir si no al rey, muchacho? —objetó el duque—. Pasaron ya aquellos tiempos en que podías haber dicho que servías a Beaufort. Hoy, grandes y chicos, servimos al rey; por eso si sirves en mis naves, no valen subterfugios, mi querido vizconde, a quien servirás será a Su Majestad.

Athos aguardaba con cierta alegría impaciente la manera cómo iba a escaparse de aquel callejón sin salida el vizconde, enemigo irreconciliable del rey, su rival. El padre creía que el obstáculo ahogaría el deseo y casi estaba agradecido al Beaufort, cuya ligereza o cuya generosa reflexión acababa de poner otra vez en duda la partida de un hijo su único gozo. Pero Raúl contestó con voz firme y sosegada:

—Ya yo había resuelto en mi ánimo la objeción que me hacéis, señor duque. Pues me hacéis la gran merced de llevarme con vos, serviré en vuestras naves, pero en ellas serviré a un amo más poderoso que el rey: a Dios.

—¡A Dios! —exclamaron a una Athos y el príncipe—. ¿Cómo?

—Mi intención es profesar y hacerme caballero de Malta —prosiguió Bragelonne, vertiendo una a una sus palabras, más heladas que las gotas desprendidas de los negros árboles después de las tormentas invernales.


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