El hombre de la máscara de hierro

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A este último golpe, Athos se tambaleó, el príncipe se sintió conmovido, y Grimaud exhaló un sordo gemido y dejó caer la botella, que se hizo añicos en la alfombra sin que ninguno de los presentes lo advirtiera.

Beaufort miró de hito en hito al vizconde, y por más que éste tenía los ojos clavados en el suelo, leyó en sus facciones una resolución inquebrantable.

En cuanto a Athos, conocedor como era del alma tierna e inflexible de su hijo, no contó hacerle desviar del camino que acababa de trazarse.

—Conde —dijo Beaufort tendiendo la mano a Athos—, dentro de dos días salgo para Tolón. ¿Os veré en París para saber vuestra resolución definitiva?

Tendré la honra de ir allá para daros las gracias por todas vuestras bondades.

—No dejéis de llevaros al vizconde, tanto si me acompaña al África como no —añadió el duque—; tiene mi palabra, y no le pido sino la vuestra.

Después de haber derramado un poco de bálsamo en la herida abierta en aquel corazón paternal, el duque dio un tirón de orejas a Grimaud, que parpadeaba más que de costumbre, y en la terraza se reunió con su escolta y se alejó.


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