El hombre de la máscara de hierro

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El pescador dijo entonces que unos seis días antes, y durante una noche, un hombre le había flotado su barca para trasladarse a la isla de San Honorato. Cerróse el trato, pero el hidalgo llegó con una gran caja de coche, a la que se empeñó en embarcar, pese a las dificultades que presentaba tal operación. El pescador quiso desdecirse, y amenazó, y en pago recibió una paliza furiosamente descargada por el hidalgo. El pescador acudió, refunfuñando, al síndico de sus cofrades de Antibes, los cuales administran justicia entre sí y se protegen; pero el hidalgo exhibió cierto papel, al ver el cual el síndico, haciendo una reverencia hasta el suelo, conjuró al pescador a obedecer y le echó un sermón por haberse mostrado recalcitrante.

—Entonces —prosiguió el pescador—, no tuve más remedio que partir con el cargamento.

—Bueno —replicó Athos—, pero hasta aquí nada justifica lo que habéis dicho respecto del estado de vuestra embarcación.

—A eso voy, señor. Puse la proa a la isla de San Honorato, obedeciendo a la orden del hidalgo; pero cambiando éste de parecer, se empeñó en que no podríamos pasar por el sud de la abadía.

—¿Por qué no?


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