El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro No ha olvidado el lector que D’Artagnan y el conde de La Fere, al salir de la Bastilla, dejaron en ella y a solas a Aramis y a Baisemeaux.
Baisemeaux tenÃa por verdad inconcusa que el vino de la Bastilla era excelente, era capaz de hacer hablar a un hombre de bien: pero no conocÃa a Aramis, el cual conocÃa como a sà mismo al gobernador, y contaba hacerle hablar por el sistema que este último tenÃa por eficaz.
Si no en apariencia, la conversación decaÃa, pues Baisemeaux hablaba únicamente de la singular prisión de Athos, seguida inmediatamente la orden de remisión.
Aramis no era hombre para molestarse por cosa alguna, y ni siquiera habÃa dicho aun a Baisemeaux por qué estaba allÃ.
Asà es que el prelado le interrumpió de improviso exclamando:
—Decidme, mi buen señor de Baisemeaux, ¿no tenéis en la Bastilla más distracciones que aquellas a que he asistido las dos o tres veces que os he visitado?
El apóstrofe era tan inesperado, que el gobernador quedó aturdido.
—¿Distracciones? —dijo Baisemeaux—. Continuamente las tengo, monseñor.
—¿Qué clase de distracciones son esas?
—De toda especie.