El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Visitas?

—No, monseñor; las visitas no son comunes en la Bastilla.

—¡Ah!, ¿son raras las visitas?

—Rarísimas.

—¿Aun de parte de vuestra sociedad?

—¿A qué llamáis vos mi sociedad?, ¿a mis presos?

—No, entiendo por vuestra sociedad la de que vos formáis parte.

—En la actualidad es muy reducida para mí —contestó el gobernador después de haber mirado fijamente a Aramis, y como si no hubiera sido imposible lo que por un instante había supuesto—. Si queréis que os hable con franqueza, señor de Herblay, por lo común, la estancia en la Bastilla es triste y fastidiosa para los hombres de mundo. En cuanto a las damas, apenas vienen, y aun con terror no logro calmar. ¿Y como no temblarían de los pies a la cabeza al ver esas tristes torres, y al pensar que están habitadas por desventurados presos que…?

Y a Baisemeaux se le iba trabando la lengua, y calló.

—No me comprendéis, mi buen amigo —repuso el prelado.

—No me refiero a la sociedad en general, sino a la sociedad a que estáis afiliado.


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