El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Callaos, por Dios —dijo D’Artagnan—. Si sospechan que sabéis leer, habéis comprendido, por más que yo os quiera con toda mi alma y me haga matar por vosotros…
—¿Qué? —preguntaron a una Athos y Raúl.
—No os salvaré de un encierro perpetuo por mucho que logre salvaros de la muerte. Repito, pues, ¡silencio!
El gobernador atravesó el foso por medio de un puentecillo de tablas, y preguntó a D’Artagnan:
—¿Qué os detiene?
—Sois españoles y no comprendéis pizca de francés —dijo el gascón en voz baja a sus amigos. Y volviéndose hacia el gobernador, añadió en voz alta—: ¿No os lo dije? Estos caballeros son dos capitanes españoles a quienes conocà en Ipres el año pasado… No entienden el francés.
—¡Ah! —repuso con atención el gobernador e intentando leer los caracteres de la fuente de plata. Y al ver que D’Artagnan se la quitaba para borrarlos con la punto de su espada, exclamó—: ¿Qué hacéis? ¿Conque yo no puedo leer?…
—Es un secreto de Estado —dijo el mosquetero—; y como sabéis que por orden del rey está condenado a muerte el que lo sepa, no hallo reparo en que leáis lo que dice la bandeja, pero inmediatamente después os hago fusilar.