El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Mientras D’Artagnan proferÃa, entre formal e irónico, aquel apóstrofe, Athos y Raúl guardaban el más impasible silencio.
—Es imposible que esos caballeros no comprendan a lo menos algunas palabras —repuso el gobernador.
—¡Bah! Aunque comprendiesen lo que uno habla, no leerÃan ningún escrito, ni siquiera en castellano. Un noble español no debe saber leer.
—Invitad a esos caballeros a que vengan al fuerte —dijo el gobernador, que si bien tuvo que contentarse con las explicaciones del gascón, era tenaz.
—Muy bien; yo mismo iba a proponéroslo —replicó D’Artagnan.
Lo cierto es que el capitán de mosqueteros hubiera querido ver a sus amigos a cien leguas de distancia. AsÃ, pues, se volvió hacia los dos hidalgos, y en castellano les invitó al entrar en la fortaleza.