El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Nunca hay cobardÃa en hacer lo que impone la fuerza mayor. Si vuestro corazón os dice: ve o muere, id, Raúl. Ella, que os amaba, ¿ha sido cobarde o valiente al preferir al rey, a quien su corazón le ordenaba imperiosamente preferir? No, ha sido la más valiente de las mujeres. Haced como ella, obedeceos a vos mismo. ¡Ah! Raúl, estoy seguro de que al verla vos de cerca y con los ojos de un hombre celoso, dejarÃas de amarla.
—Me decidÃs, señor de D’Artagnan.
—¿A partir para verla de nuevo?
—Al contrario, a partir para no volver a verla nunca jamás. Prefiero amarla siempre.
—Con toda franqueza os digo que no esperabas semejante conclusión.
—Hacedme una merced, amigo; vos, que volveréis a verla, dadle esta carta, que, si lo juzgáis oportuno, le explicará, como a vos, lo que pasa en mi corazón. Leedla, la he escrito la noche última, pues tuve el presentimiento de que os verÃa hoy.
Y entregó a D’Artagnan una carta que decÃa: