El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Adiós, mi señorita, y estad segura de que si con mi sangre pudiese yo labrar vuestra dicha, os la daría hasta la última gota, puesto que la sacrifico a mi desgracia.

Raúl de Bragelonne.

La carta está bien —dijo el capitán—; sólo le encuentro una falta.

—¿Cuál? —preguntó Raúl.

—Que habla de todo, menos de lo que exhala de vuestros ojos y de vuestro corazón cual mortífero veneno, y del amor insensato que todavía os abrasa.

Raúl palideció y se calló.

—¿Por qué no escribís solamente estas palabras: «señorita: en vez de maldeciros, os amo y muero»?

—Es verdad —exclamó Raúl con siniestro gozo. E hizo pedazos su carta, y escribió estas líneas:

Para gozar de la inefable dicha de repetiros que os amo cometo la cobardía de escribiros y en castigo de mi cobardía, muero.

Raúl.

—La entregaréis este papel, ¿no es verdad, capitán? —dijo el vizconde al mosquetero.

—¿Cuándo? —preguntó D’Artagnan.

—Cuando escribáis la fecha al pie de estas palabras —respondió Bragelonne, señalando con el dedo la última frase y levantándose prontamente para volar al encuentro de Athos, que regresaba muy despacio.


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