El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Al pasar por la muralla para entrar en una galería de la cual D’Artagnan tenía la llave, vieron que Saint-Mars iba al calabozo del preso, y se escondieron en el rincón de la escalera a una seña del mosquetero.

—¿Qué hay? —preguntó Athos.

—Mirad y veréis —respondió el gascón—: el preso torna de la capilla.

Y a la luz de los relámpagos y en medio de la violácea bruma con que el viento esfumaba el espacio, se vio pasar gravemente, a unos seis pasos de distancia detrás del gobernador, a un hombre vestido de negro, con el rostro cubierto por una careta de acero bruñido, soldada a un casco de lo mismo, que le envolvía toda la cabeza. El fuego del cielo arrancaba leonados reflejos que al revolotear caprichosamente, parecían las iracundas miradas que, a falta de imprecaciones, lanzaba aquel desventurado.

En mitad de la galería, el preso se detuvo un instante, contempló el inmenso horizonte, aspiró el sulfuroso olor de la tormenta, bebió con avidez la cálida lluvia, lanzó un suspiro, semejante a un rugido.

—Venid, caballero —dijo Saint-Mars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas—. Venid, repito, caballero.

—Decid, monseñor —gritó desde su rincón Athos a Saint-Mars con voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.


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