El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Ay! —suspiró Athos imperceptiblemente mientras D’Artagnan, recuperando el tiempo perdido decÃa entre sÃ:
—¡Mal presagio!
Las órdenes de Beaufort se llevaban a feliz término. Gracias a la diligencia de Raúl, habÃa llevado para Tolón la escuadrilla, a la que formaron convoy innumerables embarcacioncitas tripuladas por las mujeres y los amigos de los pescadores y los contrabandistas reclutados para el servicio de la escuadra.
El poco tiempo que de vivir juntos les quedaba al padre y al hijo, parecÃa que pasaba con doble rapidez, como aumenta la suya todo cuanto está para caer en el abismo de la eternidad.
Athos y Raúl regresaron a Tolón, donde hacÃan gran ruido carros y armas, relinchadores caballos, trompetas y tambores, y los soldados, criados y mercaderes que llenaban sus calles.
El duque de Beaufort estaba en todas partes, activando el embarco con el celo y el interés de un buen capitán, mostrándose cariñoso hasta con sus más humildes compañeros, y reprendiendo a sus tenientes por muy encumbrados que fuesen. Todo quiso inspeccionarlo Beaufort: artillerÃa, provisiones, bagajes, equipos y caballos. FrÃvolo, jactancioso y egoÃsta en su palacio, el duque, ante la responsabilidad que habÃa contraÃdo, era otra vez soldado, el gran señor capitán.