El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Fuerza es que parta, mi caballo se impacienta, —dijo D’Artagnan, en quien la señal más manifiesta de viva emoción era el cambiar de conversación—. Hasta la vista pues, mi querido Athos; cuanto más apresuréis vuestro regreso, más pronto volveré a abrazaros.

Esta escena tuvo lugar ante la casa elegida por Athos a las puertas de Antibes, y adonde D’Artagnan después de cenar había ordenado que le trajesen sus caballos. Allí empezaba el camino real, que se extendía blanco y onduloso en medio duelos vapores de la noche.

El caballo aspiraba con fuerza las emanaciones salinas de los pantanos, yendo al trote.

Athos y Raúl volvían con tristeza hacia la casa, cuando de pronto oyeron aproximarse el ruido de los pasos de un caballo, ruido que al principio tomaron por una de esas extrañas repercusiones que engañan el oído al cada revuelta del camino. Pero era D’Artagnan que volvía al galope al encuentro de sus amigos, que lanzaron una exclamación de alegre sorpresa.

El capitán se apeó con ligereza y uniendo en un abrazo las cabezas de Athos y de Raúl, las mantuvo así largo tiempo ahogando un suspiro que le quebrantaba el pecho. Luego, con la rapidez que llegó, emprendió de nuevo la marcha, clavando sus espuelas en los ijares de su enfurecido caballo.


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