El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Como queráis; pero a lo menos saldremos juntos de Santa Margarita. Aprovechaos de la barca que va a conducirme a Antibes.
—Eso sí, nunca nos alejaremos con bastante prisa de este fuerte y del espectáculo que ha poco nos ha entristecido.
Los tres amigos se despidieron del gobernador, y a la luz de los postreros relámpagos de la tormenta que se alejaba, vieron blanquear por última vez las murallas de la fortaleza.
D’Artagnan se separó de sus amigos aquella noche misma…
—Amigos míos, —dijo D’Artagnan antes de montar a caballo y abrazando a Athos—, me hacéis el efecto de los soldados que abandonan su puesto. El corazón me dice que Raúl necesitaría que vos lo mantuvierais en su rango. ¿Queréis que solicite pasar al África con cien buenos mosqueteros? El rey no me dirá que no, y vos os vendréis conmigo.
—Señor de D’Artagnan, —repuso el vizconde estrechándole cariñosamente la mano—, gracias por el ofrecimiento, superior a cuanto deseamos el señor conde y yo. Soy joven, y necesito penas para el alma y fatiga para el cuerpo; el señor conde necesita de más profundo reposo, y os le recomiendo a vos que sois su mejor amigo, en la seguridad de que al velar por él tendréis en vuestras manos su alma y la mía.