El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Como suele en aquel templado clima, la noche estaba hermosa, la luna, al levantarse a espaldas de los peñones, cubrÃa con una argentada sábana la azul alfombra de la mar; en la rada maniobraban silenciosamente las naves que venÃan a ocupar el sitio que les estaba designado para facilitar el embarco. La mar, cargada de fósforo, se abrÃa bajo las quillas de las barcas, que con sus cabeceos parecÃan querer sondear aquel abismo de blancas llamas, mientras de los remos se desprendÃan lÃquidos diamantes. En alas de la brisa, llegaban los cantos sencillos y lentos de los marineros, alegres por la generosidad del almirante, y a sus voces se unÃa de vez en cuando el rechinar de cadenas y el ruido sordo de las balas al caer en las bodegas. Espectáculo y armonÃas que, como el temor, oprimÃan el pecho, pero que también, como la esperanza, lo dilataban. Athos y su hijo se sentaron entre las malezas y sobre una alfombra de musgo del promontorio, y por encima de sus cabezas iban y venÃan los corpulentos murciélagos, arrebatados por el espantos torbellino de su ciega caza. Raúl sacó los pies fuera del acantilado y los dejó que se bañaran en aquel vacÃo poblado por el vértigo y que invita a la muerte.