El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Cuando la luna, ya alta, inundó con su luz los vecinos picachos, cuando el espejo del agua quedó iluminado en toda su extensión, y los fanales de a bordo hubieron formado cada uno de ellos un punto rojo luminoso sobre la negra mole de cada nave, Athos llamó a sí todos sus recuerdos y todo su valor, y dijo a Raúl:

—Dios ha hecho cuanto vemos, Raúl y también a nosotros, átomos de ese gran universo. Brillamos como aquellos faroles, como las estrellas: suspiramos como las olas, sufrimos como aquellas grandes naves que se consumen arando las aguas, obedientes al viento que las lleva hacia su puerto, como a nosotros el soplo de Dios nos empuja a nuestro fin. Todo ama y vive, Raúl, y todo cuanto vive es hermoso.

—Realmente es maravilloso el espectáculo que tenemos ante nuestros ojos, —repuso el vizconde.

—¡Qué bueno es D’Artagnan! —interrumpió inmediatamente Athos—, ¡qué dicha el haberse apoyado toda una vida en un amigo como él! Esto os ha faltado, Raúl. Yo no era un amigo para vos.

—¿Por qué, señor?


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