El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Porque os he dado ocasión de que pudierais creer que la vida no tenía más que una fez, porque ¡ay! triste y severo, sin querer he cortado siempre los alegres capullos que sin cesar brotaban del árbol de la juventud; en una palabra, porque en este instante me arrepiento de no haber hecho de vos un hombre expansivo, disoluto y casquivano.

—Ya sé por qué me decís eso, señor, —dijo el vizconde—. Pero estáis en un error, no sois vos quien me ha hecho lo que soy, sino el amor que me sorprendió en un momento en que los niños sólo tienen inclinaciones; sino la constancia propia de mi carácter, constancia que en los demás es un hábito. Creí que toda mi vida sería como era; que Dios me había puesto en un camino recto, orillado de frutas y de flores. Protegido por vuestra vigilancia y vuestra fuerza, me tuve por vigilante y fuerte, y como estaba preparado, a la primera caída he perdido el valor para siempre. No, sólo para mi ventura figuráis en mi pasado, señor, en mi porvenir sois mi esperanza. Nada tengo que decir de la vida tal cual vos me la habéis dispuesto, y por es os bendigo y os amo de todo corazón.

—Vuestras palabras me hacen bien, mi querido Raúl, y me prueban que en los días que vendrán haréis algo por mí.

—Todo lo haré por vos, señor.


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