El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Raúl, lo que hasta ahora no he hecho por vos, lo haré en adelante. Seré vuestro amigo, no vuestro padre. A vuestra vuelta, que será pronto, ¿no es verdad? frecuentaremos el trato de las gentes en vez de vivir, como hasta ahora, aislados.
—SÃ, señor, pues una expedición como esa no puede ser larga. Asà pues, dentro de poco tiempo, en vez de vivir módicamente de mi renta, os daré el capital de mis tierras; eso os bastará para lanzaros al mundo hasta mi muerte, y antes de que éstas llegue, espero que me daréis el consuelo de no dejar que se extinga mi estirpe.
—Haré cuanto me ordenéis —repuso Raúl profundamente conmovido.
—Raúl, haced que vuestro empleo de ayudante de campo no os conduzca a tentativas demasiado arriesgadas, tanto más cuanto está acreditado vuestro valor. Acordaos de que la guerra de los árabes es de emboscadas y asesinatos.
—Asà dicen.
—Dejar la vida en una emboscada es poco glorioso, Raúl, pues acusa temeridad o imprevisión. ¿Me habéis comprendido bien, Raúl? No permita Dios que os exhorte a rehuir el combate.