El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—De lo mío soy prudente, señor, y la suerte me es muy propicia, —dijo Raúl dejando vagar por sus labios una sonrisa que heló el corazón del desventurado padre. Y al ver el efecto de su sonrisa, se apresuró a añadir—: Tan es así, que en veinte combates a que he asistido no he sacado más que un rasguño.

—Además, —prosiguió Athos—, es menester que os guardéis del clima, porque es un fin muy vulgar morir de una fiebre. El rey san Luis suplicaba a Dios que antes que la calentura, le enviase una flecha o la peste.

—Con la sobriedad y un ejercicio moderado…

—Ya he obtenido del señor de Beaufort, —atajó Athos—, que cada quince días expida a Francia un correo, lo cual correrá a vuestro cargo como edecán suyo. Supongo que no me olvidaréis.

—No, señor, —respondió Raúl con voz entrecortada.

—En definitiva, Raúl, como sois buen cristiano, y yo también lo soy, debemos contar con una protección más especial de Dios o de nuestros ángeles custodios. Raúl, prometedme que si os sobreviene un mal, seré yo el primero en quien penséis.

—¡Oh! señor, os lo prometo.

—Y que me llamaréis inmediatamente.

—Sin perder momento, señor.

—¿Soñáis conmigo alguna vez, Raúl?


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