El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Todas las noches, señor. Durante mi primera juventud, os veía en sueños, sosegado y cariñoso con la mano tendida encima de mi cabeza. Por eso dormía siempre tan bien… «antes».

—Nos amamos demasiado, —dijo el conde—, para que desde el momento de nuestra separación, parte de nuestro ser no viaje con uno de nosotros dos y no habite donde habitemos. Mi corazón sentirá la tristeza cuando vos estéis triste, y cuando os sonriáis pensando en mí, me enviaréis desde aquella lejana tierra un rayo de vuestra alegría.

—No os prometo estar alegre, —repuso Bragelonne—; pero sí os juro que, como no se oponga la muerte, no pasaré una hora sin que yo piense en vos.

El conde, no pudiendo contenerse por más tiempo, echó los brazos al cuello de su hijo, y lo retuvo abrazado con todas sus fuerzas.

A la luna había reemplazado el crepúsculo matutino, una dorada faja subía sobre el horizonte, anunciando la llegada del nuevo día.

Athos echó su capa sobre los hombros de Raúl y le condujo a la ciudad, convertida en inmenso hormiguero.

Al extremo de la meseta que acababan de abandonar, Athos y Raúl vieron un bulto negro que se movía con indecisión y como avergonzado de que le vieran. Era Grimaud que, inquieto había seguido a sus amos, y les aguardaba.


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