El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Ah!, ¡mi buen Grimaud! —exclamó Raúl—, ¿qué quieres? ¿Vienes a decirnos que es la hora de la partida?

—¿Solo? —profirió Grimaud mostrando Raúl a Athos y en son de reproche que demostraba claramente cuán trastornado estaba el anciano.

—Es verdad, es verdad, —repuso el conde—. No, Raúl no partirá solo; no permanecerá en extraña tierra sin un amigo que le recuerde los seres de él amados.

—¿Yo? —preguntó Grimaud.

—¿Tú? ¡Ah! sí, sí, —exclamó Raúl conmovido hasta lo más íntimo de su corazón.

—¡Ay! —objetó el conde—, ¡estás muy viejo, mi buen Grimaud!

—Mejor, —replicó el anciano con inefable profundidad de sentimiento y de inteligencias.

—Pero ved que ya se está efectuando el embarco y tú no estás preparado —dijo Bragelonne.

—Sí —contestó Grimaud mostrando las llaves de sus maletas ligadas con las de su joven señor.

—Pero tú no puedes dejar de esta suerte solo al señor conde —objetó Raúl—. Tú no has dejado nunca al señor conde. Grimaud volvió su oscurecida mirada hacia Athos como para conocer el parecer de uno y de otro, y al ver que aquél nada respondía, repuso:

—El señor conde prefiere que os acompañe.

Athos hizo una señal afirmativa con la cabeza.


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