El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —A eso voy. Si, al contrario, pertenecéis a la sociedad a que quiero referirme, vais a responderme inmediatamente sà o no.
—Preguntad —repuso Baisemeaux temblando.
—Porque —prosiguió con la misma impasibilidad Aramis— es evidente que uno no puede formar parte de una sociedad ni gozar de las ventajas que la sociedad ofrece a los afiliados, sin que estos estén individualmente sujetos a algunas pequeñas servidumbres.
—En efecto —tartamudeó Baisemeaux—, eso se concebirÃa, si…
—Pues bien, en la sociedad de que os he hablado, y de la cual, por lo que se ve no formáis parte, existe…
—Sin embargo —repuso el gobernador—, yo no quiero decir en absoluto…
—Existe un compromiso contraÃdo por todos los gobernadores y capitanes de fortaleza afiliados a la orden.
Baisemeaux palideció.
—El compromiso —continúo Aramis con voz firme— helo aquÃ.
—Veamos…
Aramis dijo, o más bien recitó el párrafo siguiente, con la misma voz que si hubiese leÃdo un libro: