El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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«Cuando lo reclamen las circunstancias y a petición del preso, el mencionando capitán o gobernador de fortaleza permitirá la entrada a un confesor afiliado a la orden».

Daba lástima ver a Baisemeaux; de tal suerte temblaba y tal era su palidez.

—¿No es ese el texto del compromiso? —prosiguió tranquilamente Herblay.

—Monseñor…

—Parece que empieza a aclararse vuestra mente.

—Monseñor —dijo Baisemeaux—, no os burléis de la pobreza de mi inteligencia; yo ya sé que en lucha con la vuestra, la mía nada vale si os proponéis arrancarme los secretos de mi administración.

—Desengañaos, señor de Baisemeaux; no tiro a los secretos de vuestra administración, sino a los de vuestra conciencia.

—Concedo que sean de mi conciencia, señor de Herblay; pero tened en cuenta mi situación.

—No es común si estáis afiliado a esa sociedad —prosiguió el inflexible Herblay—. Pero si estáis libre de todo compromiso, si no tenéis que responder más que al rey, no puede ser más natural.

—Pues bien, señor de Herblay, no obedezco más que al rey, porque ¿a quién sino al rey debe obedecer un caballero francés?


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