El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Diligente habéis sido, y estoy satisfecho de vos —dijo el monarca al mosquetero.
Ésta era la expresión superlativa de satisfacción real, y para ser objeto de ella muchos debÃan hacerse matar.
Camaradas y cortesanos, que habÃan formado un respetuoso cÃrculo alrededor del rey a su entrada, al ver que aquél deseaba hablar en particular con D’Artagnan, se apartaron.
Luis XIV siguió adelante y condujo al capitán de mosqueteros fuera de la sala, después de haber buscado otra vez con la mirada a La Valiére, de quien no se explicaba la ausencia.
—¿Y el preso? —preguntó el monarca a D’Artagnan cuando se encontraron fuera de tiro de las orejas indiscretas.
—Está en prisión, Sire.
—¿Qué dijo durante el camino?
—Nada, Sire.
—¿Qué hizo?
—Sire, el pescador a bordo de cuya barca me trasladaba a Santa Margarita, se sublevó y me amenazó de muerte, y el preso, en vez de intentar fugarse, me defendió.