El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Repeler!, ¡repeler! está bien —arguyó Atanasia—, pero no es este el pecado que La Valiére tendrÃa que echarse en cara. El verdadero pecado está en haber enviado al pobre Bragelonne a la guerra; a la guerra donde uno encuentra la muerte.
Luisa se pasó la mano por su helada frente.
—Y si muere —continuó la implacable Atanasia—, vos le habréis dado la muerte; ahà el pecado.
La Valiére, medio muerta, se acercó tambaleándose a D’Artagnan, en cuyo rostro se veÃa una emoción inusitada, y apoyándose en su brazo, le dijo con voz turbada por la cólera y el dolor:
—¿Qué tenéis que decirme?
—Lo que tenÃa que deciros —respondió el mosquetero luego que hubo conducido a Luisa a bastante distancia de los demás—, acaba de manifestárselo por entero, aunque brutalmente, la señorita Atanasia.
Luisa lanzó un mal reprimido ay, y lastimada por aquella nueva herida, echó a correr como los pajarillos heridos de muerte, que buscan la sombra para exhalar el postrer aliento, y desapareció por una puerta en el instante en que el rey entraba por otra.
Luis dirigió su primera mirada al sitio vacÃo de su amante, y al no verla frunció el ceño; pero al punto advirtió la presencia de D’Artagnan, que le hacÃa una profunda reverencia.