El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Mejor para el señor de Bragelonne —repuso Atanasia con insistencia—; asà se desquitará el pobre.
A estas palabras siguió el más profundo silencio, silencio durante el cual el gascón tuvo tiempo de reflexionar que las palomas sin hiel a que llamamos mujeres, se tratan entre sà más sañudamente que los tigres y los osos.
Para Atanasia no era bastante haber hecho palidecer a Luisa; quiso también sacarla los colores al rostro. Asà pues, dijo:
—¿Sabéis que pesa un gran pecado sobre vuestra conciencia, Luisa?
—¿Qué pecado? —balbuceó la infortunada, mientras buscaba en vano en torno de sà un apoyo.
—¡Qué caramba! el vizconde no dejaba de ser vuestro prometido. El pobre os amaba y vos le disteis calabazas.
—Es un derecho que tiene toda mujer honrada —replicó Aura con además de arrogancia—. Cuando una sabe que no puede labrar la ventura de un hombre, lo mejor es repelerlo.
Luisa no supo comprender si debÃa quedar agraviada o agradecida a la que tomó su defensa.