El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Habéis visto al ejército? —preguntaron algunas camareras belicosas.

—Como os veo a vosotras —replicó D’Artagnan.

—¿Hay algunos amigos nuestros por allá? —dijo con frialdad la Tonnay-Charente, pero con la intención visible de llamar la atención sobre sus calculadas palabras.

—Sí —respondió D’Artagnan—, vi a los señores de La Guillotiere, de Mouchy y de Bragelonne.

La Valiére palideció.

—¿El señor de Bragelonne? ¡Cómo!, ¿el vizconde ha partido para la guerra? —exclamó la pérfida Atanasia sin hacer caso de los pisotones que le daba la Montalais. Y dirigiéndose a D’Artagnan, prosiguió despiadadamente—: Yo tengo la idea de que todos los que van a esa guerra son desesperados a quienes ha maltratado el amor, y van a buscar negras, menos crueles que las blancas.

Algunas damas se rieron, La Valiére perdió su serenidad, y la Montalais tosió fuertemente.

—En cuanto a las mujeres de Djidgeli —replicó D’Artagnan—, no estáis en lo cierto, señorita; no son negras, pero tampoco blancas, sino amarillas.

—¡Amarillas!

—No digáis mal de ellas: en mi vida nunca he visto un color que case más admirablemente con unos ojos negros y unos labios de coral.


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