El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aunque no era el capitán de mosqueteros un mozalbete, tratábanle las damas con mucho mimo; y es que D’Artagnan era tan cortés como valiente, y su terrible fama le habÃa conciliado la amistad de los hombres y la admiración de las mujeres.
Por eso, al ver entrar al gascón, todas las señoritas le dirigieron la palabra, le hicieron mil preguntas sobre dónde habÃa estado, qué habÃa sido de él, por qué en tanto tiempo y montado en su brioso corcel no habÃa evolucionado el patio llenando de admiración a cuantos lo contemplaban desde el balcón del rey. A lo cual replicó D’Artagnan que llegaba de la tierra de las naranjas, arrancando con su respuesta la risa de sus interlocutoras.
En aquel tiempo todo el mundo viajaba, y, no obstante, un viaje de cien leguas era un problema resuelto con frecuencia por la muerte.
—¿De la tierra de las naranjas? —exclamó la Tonnay-Charente—. Ya, de España.
—¡Je!, ¡je! —rió D’Artagnan.
—¿De Malta? —dijo la Montalais.
—Por mi fe que os quemáis, señoritas —repuso el gascón.
—¿Es una isla? —preguntó La Valiére.
—No quiero que os devanéis los sesos buscando, señorita; vengo de la tierra donde en este momento se está embarcando el señor de Beaufort para pasar a Argel.