El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Entonces D’Artagnan pensó en las recomendaciones del pobre Raúl, en la carta de desesperación que éste le diera para una mujer que se pasaba la vida esperando; y como D’Artagnan se complacÃa en filosofar, resolvió aprovechar la ausencia del rey para conversar un instante con La Valiére.
Esto era fácil, Luisa durante la cacerÃa real, se paseaba con algunas damas por una de las galerÃas del Palacio Real, donde precisamente el capitán de mosqueteros debÃa pasar revista de inspección a algunos guardias.
D’Artagnan no dudaba de que si la conversación recaÃa sobre Raúl, ella al menos le darÃa pie para escribir una carta de consuelo al pobre desterrado.
Ahora bien, la esperanza, o a lo menos el consuelo para Bragelonne, atendida la disposición de ánimo en que hemos visto a aquél, era el sol, la vida de dos hombres a quienes el capitán querÃa entrañablemente.
D’Artagnan se encaminó, pues, adonde sabÃa que estaba La Valiére, y la encontró en medio de un numeroso corro. En su aparente soledad. La favorita de Luis XIV, recibÃa, tanto y más que una reina decente, un homenaje de que la princesa Enriqueta se hubiera enorgullecido cuando el monarca sólo tenÃa ojos para ella y sus miradas servÃan de norma a las de sus cortesanos.